Inspirado por un buen escrito que una vez oí, y por una mujer sin duda excepcional.
Eran cerca de las once y media. Acabábamos de salir de mi apartamento cerca de la zona rosa y se suponía que nos dirigíamos a tomar una copa.
Caminábamos por el paseo público que daba a una zona no muy concurrida donde se encontraba ese café-bar que tanto me gustaba. Aquel donde la cité un tiempo después de nuestra primera ruptura para que me perdonara lo imbécil que había sido.
Yo caminaba lentamente, un poco asustado pero reconfortado al verla conmigo. Ella andaba unos tres pasos por delante de mí y con su vista clavada en el suelo como si indagara en los misterios más ocultos de la vida.
¿Miedo por qué? Se preguntará. Ya se los explicaré más adelante.
En ese momento empezó a llover y fue como la introducción a una serie de visiones, tan tiernas y eternas que aun recuerdo como si hubiese sido ayer. Ella jugaba con las pequeñas gotas de agua que se estrellaban en el cemento del andén arrastrándolas con la suela de sus zapatos creando figuras abstractas de trazos irregulares. Era como una niña pequeña a la que no le importaba nada más que su mundo de fantasía. Bailaba con cada farola. La tomaba de su fuste y daba vueltas con la cara hacia arriba para sentir el ligero cosquilleo de las gotas. Sonreía. Eso era algo que me encantaba, su sonrisa, que en casos de euforia extrema se desaliñaba como para intentar desvelar su alegría infinita. Porque cuando era feliz lo era completamente, sin peros ni nada; y estaba conmigo. Caminaba tan sutil, tan vaporosa y ligera con su vestido de cebra. Me encantaba como le quedaba ese vestido porque combinaba con su personalidad. Flotaba, o mejor, volaba y se perdía en la densa atmosfera de la noche como el humo que se desprendía de mi cigarro.
Olíamos a sexo. No del bueno, sino del mejor. Acá hablo más por mí que por ella ya que era incomparable en la cama. Ese olor me traía recuerdos de antaño. Jóvenes y cabeza dura.
Por fin llegamos al Cortázar y antes de entrar se detuvo, me besó y me tomó de la mano como para guiarme. Se paró en frente del mostrador y me regaló una cálida sonrisa. “Parecía enamorada”, o me gustaba pensarlo.
-Hola Nancy- le dije a la bella regente de la barra.
-¡Qué tal Andrés!- dijo con entusiasmo, como si no nos hubiésemos visto en muchos años. Siempre hacia lo mismo sin contar con que me pasaba por allí cada noche. Me gustaba que lo hiciese porque demostraba aprecio.
-¿Te pongo una Cerveza con Limón como siempre?
-Si por favor- le dije con un tono un poco seductor.
-¿Y a la chica?
La miré pero ella dirigió su mirada a Nancy. Y con una sonrisa…
-Nada, gracias.
-Vale- le respondió Nancy sonriéndole también. - ¿te vas a sentar donde siempre?
-Sí guapa, donde siempre.
Me giré y con su mano agarrada la llevé a la mesa de siempre.
Se encendió un cigarro. Yo solo podía pensar en lo cambiada que estaba. Hace diez años me hubiese peleado un poco si yo me fumaba siquiera medio en todo un día. Definitivamente somos lo que nos rodea. Yo era el típico cantamañanas frustrado y seductor que se escondía en una imagen inexistente. No tenía mi propia televisora pero alardeaba de ser un gran productor con una inmensa humildad para no desvelar mi fortuna. Lo más divertido es que había quien me creía. La verdad es que era el director técnico de las noticias de una radio-televisora no muy importante. Mi sueldo me daba lo justo y vivía en el apartamento de vivienda civil que mi padre me había dejado. Menos mal que no tenía hermanos.
Por otra parte, ella era una mujer deslumbrante y vivaz. En la universidad había conseguido ser de las mejores y también empezó a tomar por suyos esos hábitos que tanto detestaba. Empezó a fumar cigarro y de vez en vez se metía su buen “porro de maría con choco”. Había descubierto nuevos horizontes sexuales, por lo que ya no era una “heterosexual declarada” sino una “bisexual libre y radical”. Lo de radical porque le encantaba como la tocaban otras mujeres, lo de libre, eso era porque no le gustaba pensar en fidelidades ni compromisos y sobre todo porque le encantaba el sexo.
-Te veo bien- le dije mirándola tan profundamente como podía. Creo que eran más mis celos que cualquier otra cosa los que veían por mí.
-Tú siempre igual. No te cansas de decirme lo mismo. Lo más triste es que lamentablemente yo no puedo decir lo mismo-. Hizo ese comentario con toda la mala leche, el orgullo, despotismo y sensualidad que se había guardado por tantos años de ausencia.
¿Se puede ser más puta en la vida? Y lo peor es que tenía razón. Llegue de mi dichosa travesía de éxitos por Europa a rogarle el amor que desprecie hacia tanto tiempo.
-No te dejes engañar por las apariencias, no vivo tan mal como te crees.
- A otra con esos cuentos. Contigo aprendí dos cosas: La primera, que tú y los hombres en general son todos una cabeza sin corazón, mentirosos hasta lo imposible y la segunda, que me gusta más el sexo que cualquier otra cosa.
Me reí.
-Ya veo que te encanta que te coma una lesbiana machorra, pero recuerda que las lesbianas también se cansa de la de plástico y de vez en cuando solicitan una de verdad.
-Para eso estas tú, querido, Igual no soy lesbiana ni tú el único.
Y pensar que antes nos jurábamos amor incondicional, una familia y millones de hijos revoloteando y riéndose por toda la casa. No se puede ser más utópico definitivamente. Ahora no era más que otro de sus juguetes sexuales. De esos que guarda en el cajón de la mesa de noche y utiliza solo cuando le falla todo lo demás sobre todo, la vida social. Me molestaba pensar en la remota posibilidad que su prestigio se debiese más que todo a su increíble forma de mamarla. Pero no me cerré a la posibilidad de que hubiese sido por sus meritos.
-Lo único que no me gustaba de ti es que no sabias utilizar las manos y eras demasiado impulsivo pero ya veo que eso ha cambiado, por lo menos lo de las manos. Hacía mucho que ningún hombre me tocaba así.
-Digamos que tuve la suerte de encontrar a quien me enseñara.
En ese momento llego Nancy.
- Aquí tienes querido, y a la chica le traje un café para que se caliente un poco de la lluvia- dijo un poco avergonzada.- si no quieres no te lo tomes, no es ninguna obligación. La casa invita.
-Gracias- dijo sonrojada, esa ternura era algo que ni el sexo ni la vida podrían quitarle nunca.
No sabía que me molestaba más, que Nancy intentara seducirla o que ella respondiera a sus encantos. De cualquier manera, lo que si me encantaba era fantasear el hacer un trío con esas dos. Una cabeza sin corazón, yo diría que más cabeza que corazón.
En ese momento perdí mi mirada en la ligera sucesión de finas burbujas que ascendían en espiral del costado de esa amarilla bebida. Me encendí un cigarro y me lo empecé a fumar con la mano izquierda y es acá es donde entra mi miedo.
Me imaginaba llevándola de nuevo a mi casa y haciéndole el amor con fervor, dejándome la vida. Y después pedirle que se quedara conmigo por siempre. Sabía que con ella a mi lado seria otra vez fuerte y capaz de sentirme bien para hacer todo lo que me había frustrado. Ella era una reportera muy reconocida y sobretodo una mujer excepcional. Pensaba en hijos con sus ojos y su hermosa sonrisa y ese futuro prometedor con el que soñé tiempo antes de marcharme.
Con el primer sorbo de ese dorado cáliz, mi garganta se estremeció al pensar que, por otra parte no era más que un juego para ella, un remplazo. El entretenimiento sexual de una relación esporádica y sin compromisos entre dos adultos de mediana edad. Yo por los 37 y ella por los 32. Estaba seguro que si le decía que me perdonase por mi ausencia y viviésemos ese futuro juntos que ambos deseábamos me hubiese escupido el café a la cara de la risa que le habría dado. Sabía que ni su nueva mentalidad ni el dolor que le había causado mi ausencia se podrían olvidar con un par de buenos polvos y tres palabras. Ese orgullo que tanto la caracterizaba era algo que frenaba mucho cualquier intento de humildad.
-¿En qué piensas?
Negué con la cabeza.
Sabía que la segunda opción era la más acertada. Sin embargo heroicamente me iba a atrever a preguntárselo, si lo que recibía era una negativa, esa sí que era la última vez que nos veíamos.
Le di un tercer sorbo a la cerveza. Y se lo pregunte. Le pregunte que si quería formalizar nuestra relación y su respuesta fue un silencio prolongado de diez minutos.
Se me habían quitado las ganas de beber. Saque de la billetera un billete de cinco euros y lo deje sobre la mesa con la cerveza a medias.
-Lo que sobre quédatelo, por tus servicios-. Le susurre en la oreja de la forma más despreciable. ¿Qué podía hacer? Yo era un cobarde y ya estaba cansado de su orgullo y tragarme sus malos tratos. Combatí el fuego con fuego en un intento desesperado y sin sentido de recibir aunque sea una represalia por su parte y dar pie a una discusión.
Nada pasó.
Una vez fuera del bar, me apresuré a una estación de metro y tomé el que tenía como destino el centro de Insomnia City.
Esa noche me pagué una habitación en un motel de medio pelo y enchapado a la antigua como yo. Me fumé un cigarro con la mano derecha para borrar el rastro del olor a su exquisito sexo, pero fue en vano, la boca aun me olía a ella. Me excitaba pero me dolía el pensar que no la volvería a ver.
Tome la decisión más sabia. Llamé una puta y me compré una botella de whisky.
Al llegar, la dama me pregunta mientras se desvestía:
-¿Quieres hacerlo ya?
-Sí, pero apaga la luz.
Solo pensaba en dos cosas. La primera, la que me enseño a masturbar a una mujer fue también una puta y, la segunda, era una puta con la que iba a ahogar mis penas e imaginármela a ella con la luz apagada.
Dedicado a Bruno.
Hope you enjoy it.
David Blanko




